Nacer en la tormenta significa sentirte vivo,
y sobrevivir es el triunfo de cualquier luchador.
Tu nacimiento en mí fue en el lado más paciente del verano,
y hemos pasado otoños suaves, complacientes, placenteros,
inviernos secos pero llenos de abrazos y recuerdos con nostalgia,
pero también
hemos pasado distancias con sabor a cadenas oxidadas,
pasos inconclusos sin saber por qué seguir corriendo,
otoños difíciles y sin tregua, llenos de dudas y pasos hacia atrás.
Pero lo bonito de pasar todo esto, la parte que llevas cada día en el alma, es darte cuenta que siempre sales, antes o después, de los gritos de socorro de todos los pensamientos y las contradicciones de tus percepciones,
de las obsesiones y las pocas razones,
la música, el tiempo, la compañía y las demostraciones funcionan como el parabrisas en medio de la lluvia,
como una madre recién llegada de trabajar para su hijo,
como el agua para cualquier ser vivo cuando tiene sed.
Cada vez que salgo,
que salimos,
lo hacemos más reforzados,
porque el alma manda cuando el corazón no sabe expresarse y tu cerebro da vueltas como tíovivo,
porque quererse no tiene ni fecha, ni limitaciones, ni prohibiciones ni si quiera inteligencia.
Quererse es saber, es mirar más allá de la línea de salida.
Quererse no es obligarse, quererse es algo que nace,
que se desarrolla,
y que a veces, muere.
Cada vez que salgo,
que salimos,
te siento más dentro de mí, como si tus lágrimas sostuvieran el peso de mi gravedad.
Cada vez que salgo,
que salimos,
nos conocemos más. Nos respetamos más. Nos reímos más. Somos más verdad.
Cada vez que salgo,
que salimos,
puedo decir,
como nos cuenta Elvira Sastre,
que cualquier lugar es mi hogar, si eres tú quién abre la puerta.
Gracias por quererme mucho.
Gracias por hacerme sentir en hogar siempre.
Gracias por cantarme al oído los sonetos de amor que nadie hubiera compuesto.
Gracias por estar al otro lado y remar en la misma dirección que yo.
Gracias,
por salir una y otra vez.

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