viernes, 2 de octubre de 2015

Era tan pequeñita que a veces le costaba llegar a la encimera. Le costaba coger un vaso para llenarlo de agua. Le costaba levantarse de la cama porque el suelo siempre estaba frío y era algo que ella odiaba...

Le decían cómo tenía que vestir, cómo tenía que actuar, cómo tenía que comer.
Le decían que los gatos que vivían en la calle siempre tenían pulgas, parásitos y bichitos que no eran buenos para ella. También le decían que los perros callejeros eran peligrosos.

Era un alma inquieta y llena de paz y libertad. Era un alma que no necesitaba de negocios ni necesidades, no queria un patio con luz y unas vistas de la playa en primera línea, quería el patio a su manera, a su gusto, de manera personal. Llena de sillas de colores de mil tamaños diferentes. Una mesa en la que estuviera dibujado un parchís antiguo a base de tallar y tallar. Quería que las cosas fueran imperfectas. Que La Luna, si estaba llena, se viera sólo a la mitad desde su hamaca deshilachada y llena de años.

Así era ella, personal.
Cuando callaba, su mente viajaba entre brujas y hadas, entre elfos y duendes, entre historias de amor y de ficción. Cuando intentaba pensar en lo que la gente normal pensaba, sus ojos se cerraban.

Era tan pequeñita que creía que era grande. Cogía el vaso grande, el plato grande, -le gustaba comer como a la que más- el cuchillo grande.
Su madre siempre le reprochaba todo esto, pero ella era demasiado independiente como para hacer lo que los demás consideraban correcto.

Siempre decía que los granos son naturales. Que las hormigas pisadas son naturales. Que disctuir es natural, -aunque ella evitara a toda costa los gritos, los odiaba- que pasear pegando palmas en mitad del pasillo de casa es natural, que mirar a una pareja besándose es natural, que observar cuando una ambulancia se para a dos pasos de ti, es natural.
Que todo aquel que evita cualquiera de esas situaciones sintiéndolo real, mentía.
Por lo tanto, ella tenía bastantes detractores, pero su fuerte era convivir con su familia irreal.

Era tan pequeñita que cuando lo supo,
lo único que hizo
fue levantarse con más fuerza, -eso sí, con zapatillas de casa, que era repulsión lo que sentía por el suelo frío-
coger aire,
respirar,
sentarse en soledad,
volver a respirar,
colocarse la mini coleta atada con la goma negra,
hablar con su inmensa eternidad,
y prometerse,
que por muy pequeña que sea,
y que por mucho que se mantuvieran en contra con su modo de vivienda,
nunca,
jamás,
dejaría que nadie apuñalase su esencia.


Ella era...
una soñadora sin pies de plomo que navegaba con la única bandera que podía representarle...





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